sábado 14 de febrero de 2009

DROGAS y DEMOCRACIA: Hacia un cambio de paradigma

DROGAS y
DEMOCRACIA:
Hacia un cambio
de paradigma
Declaración de la Comisión
Latinoamericana sobre
Drogas y Democracia
Bernardo Sorj
Ilona Szabó de Carvalho
Miguel Darcy de Oliveira
Rubem Cesar Fernandes
Open Society Institute
Instituto Fernando Henrique Cardoso
Viva Rio
Centro Edelstein de Pesquisas Sociais
Secretariado
de la Comisión:
APOYO:
Para saber más sobre la
Comisión acceda al sitio
www.drogasydemocracia.org
Para entrar en contacto,
escriba al email:
ilona@drogasydemocracia.org
Diseño gráfico // Cacumbu
Comisión Latinoamericana
sobre Drogas y Democracia
César Gaviria // Colombia // co-presidente
Ernesto Zedillo // México // co-presidente
Fernando Henrique Cardoso // Brasil // co-presidente
Ana María Romero de Campero // Bolivia
Antanas Mockus // Colombia
Diego García Sayán // Peru
Enrique Krauze // México
Enrique Santos Calderón // Colombia
General Alberto Cardoso // Brasil
João Roberto Marinho // Brasil
Mario Vargas Llosa // Peru
Moisés Naím // Venezuela
Patricia Marcela LLerena // Argentina
Paulo Coelho // Brasil
Sergio Ramírez // Nicarágua
Sonia Picado // Costa Rica
Tomás Eloy Martínez // Argentina

DROGAS Y DEMOCRACIA: HACIA UN CAMBIO DE PARADIGMA 5
Las políticas prohibicionistas basadas en la represión de la producción y la distribución, así como la criminalización del consumo, no han producido los resultados esperados. Estamos más lejos que nunca del objetivo de erradicación de las drogas.
Una guerra perdida
La violencia y el crimen organizado asociados al tráfico de drogas ilícitas constituyen uno de los problemas más graves de América Latina.
Frente a una situación que se deteriora a cada día con altísimos costos humanos y sociales, es imperativo rectificar la estrategia de “guerra a las drogas” aplicada en los últimos treinta años en la región.
Las políticas prohibicionistas basadas en la represión de la producción y de interdicción al tráfico y a la distribución, así como la criminalización del consumo, no han producido los resultados esperados.
Estamos más lejos que nunca del objetivo proclamado de erradicación de las drogas.
Una evaluación realista indica que:
A mérica Latina sigue siendo el mayor exportador mundial de cocaína y marihuana, se ha convertido en creciente productor de opio y heroína, y se inicia en la producción de drogas sintéticas; Los niveles de consumo continúan expandiéndose en América Latina mientras tienden a estabilizarse en América del Norte y Europa.
En América Latina la revisión a fondo de las políticas actuales es aún más urgente a la luz de su elevadísimo costo humano y amenazas a las instituciones democráticas.
Asistimos en las últimas décadas a:
Un aumento del crimen organizado tanto por el tráfico internacional como por el control de los mercados domésticos y de territorios por parte de los grupos criminales; Un crecimiento a niveles inaceptables de la violencia que afecta al conjunto de la sociedad y, en particular, a los pobres y jóvenes; La criminalización de la política y la politización del crimen, así como la proliferación de vínculos entre ambos que se refleja en la infiltración del crimen organizado en las instituciones democráticas; La corrupción de los funcionarios públicos, del sistema judicial, de los gobiernos, del sistema político y, en particular, de las fuerzas policiales encargadas de mantener la ley y el orden.
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6 Declaración de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia
Romper el silencio, abrir el debate
El modelo actual de política de represión de las drogas está firmemente arraigado en prejuicios, temores y visiones ideológicas. El tema se ha transformado en un tabú que inhibe el debate público por su identificación con el crimen, bloquea la información y confina a los consumidores de drogas a círculos cerrados donde se vuelven aún más vulnerables a la acción del crimen organizado.
Por ello, romper el tabú, reconocer los fracasos de las políticas vigentes y sus consecuencias es una condición previa a la discusión de un nuevo paradigma de políticas más seguras, eficientes y humanas.
Eso no significa condenar en bloque políticas que han costado enormes recursos económicos y el sacrificio de incontables vidas humanas en la lucha contra el tráfico de drogas. Tampoco implica desconocer la necesidad de combatir a los carteles y traficantes.
Significa, eso sí, que debemos reconocer la insuficiencia de los resultados y, sin descalificar en bloque los esfuerzos hechos, abrir el debate sobre estrategias alternativas con el concurso de sectores de la sociedad que se han mantenido al margen del problema por considerar que su solución incumbe a las autoridades.
La cuestión que se plantea es reducir drásticamente el daño que las drogas hacen a las personas, a las sociedades y a las instituciones.
Para ello, es esencial diferenciar las sustancias ilegales de acuerdo con el daño que provocan a la salud y a la sociedad.
Políticas seguras, eficientes y fundadas en los derechos humanos implican reconocer la diversidad de situaciones nacionales, así como priorizar la prevención y el tratamiento. Esas políticas no deben negar la importancia de las acciones represivas - incluso con la participación
de las fuerzas armadas en situaciones límite de acuerdo a la decisión de cada país – para hacer frente a los desafíos planteados por el crimen organizado.

Romper el tabú, reconocer los fracasos de las políticas vigentes y sus consecuencias es una condición previa para la discusión de un nuevo paradigma de políticas más seguras, eficientes y humanas.
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DROGAS Y DEMOCRACIA: HACIA UN CAMBIO DE PARADIGMA 7
Límites y efectos indeseables
de las estrategias represivas
Es imperativo examinar críticamente las deficiencias de la estrategia prohibicionista seguida por Estados Unidos y las ventajas y los límites de la estrategia de reducción de daños seguida por la Unión Europea, así como la escasa jerarquía que le dan al problema de las drogas algunos países, tanto industrializados como en desarrollo.
Colombia es un claro ejemplo de las limitaciones de la política represiva promovida globalmente por Estados Unidos. Durante décadas, este país ha adoptado todas las medidas de combate imaginables, en un esfuerzo descomunal, cuyos beneficios no se corresponden con los enormes gastos y costos humanos. A pesar de los significativos éxitos de Colombia
en su lucha contra los carteles de la droga y la disminución de los índices de violencia y de delitos, han vuelto a aumentar las áreas de siembra de cultivos ilícitos y el flujo de drogas desde Colombia y el área Andina. México se ha convertido de manera acelerada en otro epicentro de la actividad violenta de los grupos criminales del narcotráfico. Esto plantea desafíos al gobierno mexicano en su lucha contra los carteles de drogas que han reemplazado a los traficantes colombianos como los que introducen la mayor cantidad de narcóticos al mercado de Estados Unidos. México tiene el derecho de reivindicar del Gobierno y de las instituciones de la sociedad estadounidense un debate sobre las políticas que allí se aplican y también pedir a la Unión Europea un esfuerzo mayor para la reducción del consumo. La traumática experiencia colombiana sin duda es una referencia para que se evite el error de seguir las políticas prohibicionistas de Estados Unidos y se encuentren alternativas innovadoras.
La política europea de focalizar en la reducción de daños causados por las drogas, como un asunto de salud pública, mediante el tratamiento de los usuarios, se muestra más humana y eficiente. Sin embargo, al no dar prioridad a la reducción del consumo, bajo el argumento de que las estrategias de reducción de daños minimizan la dimensión social del problema, la política de los países de la Unión Europea mantiene intacta la demanda de drogas ilícitas que estimula su producción y exportación de otras partes del mundo.
La solución de largo plazo para el problema de las drogas ilícitas pasa por la reducción de la demanda en los principales países consumidores. No se trata de buscar países culpables por tal o cual acción u omisión pero sí de afirmar que Estados Unidos y la Unión Europea son co-responsables de los problemas que enfrentamos en la región, pues sus mercados son los mayores consumidores de las drogas producidas en América Latina.
Es deseable, por ello, que apliquen políticas que efectivamente disminuyan el nivel de consumo y que reduzcan significativamente el tamaño de este negocio criminal.

La solución de largo plazo para el problema de las drogas ilícitas pasa por
la reducción de la demanda en los principales países consumidores.
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8 Declaración de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia
La visión de América Latina:
hacia un nuevo paradigma
Considerando la experiencia de América Latina en la lucha contra el tráfico de drogas y la gravedad del problema en la región, la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia se dirige a la opinión pública y a los gobiernos de América Latina, a las Naciones Unidas y a la comunidad internacional proponiendo un nuevo paradigma sustentado en tres grandes directrices:
Tratar el consumo de drogas como una cuestión de salud pública.
Reducir el consumo mediante acciones de información y prevención.
Focalizar la represión sobre el crimen organizado.
Nuestro enfoque no es de tolerancia con las drogas.
Reconocemos que estas provocan daños a las personas y a la sociedad.
Tratar el consumo de droga como un tema de salud pública y promover la reducción de su uso son precondiciones para focalizar la acción represiva en sus puntos críticos: la disminución de la producción y el desmantelamiento de las redes de traficantes.
Para concretar este cambio de paradigma, proponemos que América Latina tome las siguientes iniciativas en el marco de un proceso global de transformación de las políticas de combate al uso de drogas ilícitas:
1. Transformar los adictos de compradores de drogas en
el mercado ilegal en pacientes del sistema de salud.
La enorme capacidad de violencia y corrupción del narcotráfico sólo podrá ser combatida efectivamente si se debilitan sustancialmente sus fuentes de ingresos. Con este propósito, el Estado debe crear las leyes, instituciones y regulaciones que permitan que las personas que han caído en la adicción de drogas dejen de ser compradores en el mercado ilegal para convertirse en pacientes del sistema de salud.
Esto, en conjunto con campañas educativas y de información, llevaría a una reducción de la demanda de drogas ilegales y al desplome de los precios de las mismas, minándose de esta manera las bases económicas de este negocio criminal.
2. Evaluar con un enfoque de salud pública y haciendo uso de la más avanzada ciencia médica la conveniencia de descriminalizar la tenencia de marihuana para consumo personal.
La marihuana es, por lejos, la droga más difundida en América Latina.
Su consumo tiene un impacto negativo sobre la salud, inclusive la salud mental. Sin embargo, la evidencia empírica disponible indica que los daños causados por esta droga son similares a los causados por el alcohol o el tabaco. Más importante aún, gran parte de los daños asociados a la marihuana – de la prisión y encarcelamiento indiferenciado de consumidores a la violencia y la corrupción que afectan toda la sociedad – son el resultado de las políticas prohibicionistas vigentes. La simple descriminalización del consumo, si no va acompañada de políticas de información y prevención, puede tener como consecuencia la profundización de los problemas de adicción.
Estados Unidos es probablemente el país industrializado que dedica más recursos a la lucha contra el tráfico de drogas ilícitas. El problema está en la eficacia y las consecuencias de sus acciones. Su política de encarcelar a los usuarios de drogas, cuestionable desde el ángulo
del respeto a los derechos humanos y de su eficacia, es inaplicable en América Latina, considerando la superpoblación carcelaria y las condiciones del sistema penitenciario. Inclusive esta política represiva propicia la extorsión de los consumidores y la corrupción de la policía.
En ese país también es descomunal la magnitud de los recursos que se usan para la interdicción del tráfico y para solventar el sistema carcelario en comparación a lo que se destina para la salud y la prevención, tratamiento o rehabilitación de los consumidores.

Enfocar el consumo de droga como un tema de salud pública y promover
la reducción de su uso son precondiciones para focalizar la acción represiva en
su punto crítico: la disminución de la producción y el desmantelamiento de las redes de traficantes.
Los cambios en la sociedad y la cultura que llevaron a reducciones en el consumo de tabaco demuestran la eficiencia de campañas de información y
prevención basadas en lenguaje claro y argumentos consistentes.


3. Reducir el consumo a través de campañas innovadoras de información y prevención que puedan ser comprendidas y aceptadas, en particular por la juventud, que es el mayor contingente de usuarios.
Las drogas afectan el poder de decisión de los individuos. El testimonio de ex-adictos sobre estos riesgos puede tener mayor poder de convencimiento que la amenaza de represión o la exhortación virtuosa a no consumir. Los cambios en la sociedad y la cultura que llevaron a reducciones impresionantes en el consumo de tabaco demuestran la eficiencia de campañas de información y prevención basadas en lenguaje claro y argumentos consistentes con la experiencia de las personas a que se destinan.
Cabe a las campañas de comunicación alertar de modo constante a la población en general y a los consumidores en particular sobre la responsabilidad de cada uno frente al problema, los peligros que genera el “dinero fácil” y los costos de violencia y corrupción asociados al tráfico
de drogas.
La mayor parte de las campañas de prevención que hoy se desarrollan en el mundo son bastante ineficaces. Hay mucho que aprender con las experiencias de países europeos como, por ejemplo, el Reino Unido, Holanda y Suiza y es preciso explorar experiencias de otras regiones.
10 Declaración de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia
4. Focalizar las estrategias represivas hacia la lucha implacable contra el crimen organizado.
Las políticas públicas deberán priorizar la lucha contra los efectos más nocivos para la sociedad del crimen organizado, como la violencia, la corrupción de las instituciones, el lavado de dinero, el tráfico de armas, el control de territorios y poblaciones. En esta materia es
importante el desarrollo de estrategias regionales y globales.
5. Reorientar las estrategias de represión al cultivo de drogas ilícitas.
Los esfuerzos de erradicación deben ser combinados con la adopción de programas de desarrollo alternativo, seriamente financiados y que contemplen las realidades locales en términos de productos viables y con acceso a los mercados en condiciones competitivas. Se debe
hablar no sólo de cultivos alternativos sino de desarrollo social de fuentes de trabajo alternativo, de educación democrática y de búsqueda de soluciones en un contexto participativo. Simultáneamente se deben considerar los usos lícitos de plantas como la coca, en los países donde existe larga tradición sobre su uso ancestral previo al fenómeno de su utilización como insumo para la fabricación de droga, promoviendo medidas para que la producción se ajuste estrictamente a ese tipo de consumo.
DROGAS Y DEMOCRACIA: HACIA UN CAMBIO DE PARADIGMA 11
La participación de la
sociedad civil y de la
opinión pública
Un nuevo paradigma para enfrentar el problema de las drogas deberá estar menos centrado en acciones penales y ser más incluyente en el plano de la sociedad y la cultura. Las nuevas políticas deben basarse en estudios científicos y no en principios ideológicos. En ese esfuerzo se debe involucrar no sólo a los gobiernos sino al conjunto de la sociedad.
La percepción de la sociedad sobre el problema así como la legislación sobre drogas ilícitas se encuentran en proceso acelerado de transformación en América Latina. Un número creciente de líderes políticos, cívicos y culturales han expresado la necesidad de un cambio drástico de orientación.
La profundización del debate en relación a las políticas sobre consumo de drogas debe apoyarse en evaluaciones rigurosas del impacto de las diversas propuestas y medidas alternativas a la estrategia prohibicionista, que ya están siendo probadas en diferentes países, buscando la reducción de los daños individuales y sociales.
Esta construcción de alternativas es un proceso que requiere la participación de múltiples actores sociales: instituciones de justicia y seguridad, educadores, profesionales de la salud, líderes espirituales, las familias, formadores de opinión y comunicadores. Cada país debe
enfrentar el desafío de abrir un amplio debate público sobre la gravedad del problema y la búsqueda de las políticas más adecuadas a su historia y su cultura.
En el ámbito continental, América Latina debe establecer un diálogo con el gobierno, congresistas y la sociedad civil de Estados Unidos para desarrollar en forma conjunta alternativas a la política de “guerra a las drogas”. La inauguración de la Administración de Barack Obama representa una oportunidad propicia para la revisión en profundidad de una estrategia que ha fracasado y la búsqueda en común de políticas más eficientes y más humanas.
Simultáneamente, a nivel global, debemos avanzar en la articulación de una voz y visión de América Latina capaz de influir en el debate internacional sobre drogas ilícitas, sobre todo en el marco de las Naciones Unidas y de la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas. Esta participación activa de América Latina en el debate global marcaría la transición de región-problema a la de región-pionera en la implementación de soluciones innovadoras para la cuestión de las drogas.
Cada país debe confrontar el desafío de abrir un amplio debate público sobrela gravedad del problema y la búsqueda de las políticas más adecuadas a su historia y su cultura.
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Drogas y Democracia: hacia un nuevo paradigma presenta al debate público las principales conclusiones de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia.
Creada por los ex-presidentes Fernando Henrique Cardoso de Brasil, César Gaviria de Colombia y Ernesto Zedillo de México e integrada por 17 personalidades independientes, la Comisión evaluó el impacto de las políticas de “guerra a las drogas” y formuló recomendaciones para estrategias más eficientes, seguras y humanas.
Las propuestas presentadas en esta Declaración configuran un cambio profundo de paradigma en la comprensión y enfrentamiento del problema de las drogas en América Latina.

domingo 18 de enero de 2009

Salud Mental y Fin de Siglo

Salud Mental y Fin de Siglo
Héctor Sierra

(Conferencia dictada el 27/9/98 en la ciudad de Rafaela Argentina.– trascripción literal)


Bueno, realmente estoy impresionado por la cantidad de gente que hay en la sala, esta claro que el tema de la salud mental resulta muy convocante. Realmente creo que es un motivo de preocupación para todos, así que eso debe haber influido para que Uds. hayan venido a escucharme.
Quiero empezar aclarando un par de cosas que me parecen esenciales para comenzar, por que el tema de la salud mental vinculado con el fin de siglo, es de tal extensión y complejidad que lamentablemente todo abordaje que se intente hacer, más en una charla que, como en este caso va a durar relativamente poco tiempo, implica un recorte del mismo, que como todo recorte es un poco arbitrario y, seguramente, muchas cosas significativas van a quedar afuera. Yo me he esforzado para que las cosas que quedan afuera no sean tan relevantes. pero Uds. dirán después si es así o no.
Creo que para pensar el tema de la salud mental primero es necesario precisar tres o cuatro ideas que son fundamentales. Porque el concepto mismo de salud mental es un concepto discutible, es un concepto que está muy marcado por el relativismo cultural; lo que cada uno de nosotros entiende hoy por salud mental no es lo mismo que lo que piensan en otras culturas, ni es lo mismo que lo que nosotros mismos entendíamos años atrás. Es decir, el primer punto es que no hay una manera unívoca de expresar la condición de la salud mental, sino que el concepto en sí mismo está condicionado culturalmente tanto a lo largo del tiempo histórico como en cada situación cultural concreta. Probablemente en otras culturas o en otros momentos de la historia se pensaba este tema de la salud mental de manera muy distinta a como lo pensamos nosotros hoy.
Les voy a poner un ejemplo sencillo para que se entienda lo que quiero decir, si observásemos a un sujeto que se retira a la montaña, se va a vivir a una cueva, come raíces, y dedica su vida a orar a Dios, pensaríamos con un alto grado de probabilidad que tiene alguna clase de desequilibrio, por ejemplo un trastorno severo del orden de la psicosis. Pero en el medioevo nadie pensaba eso, y entendían que ese señor era un santo que había decidido consagrar su vida a la oración, a la meditación en Dios, al ascetismo. Este es un pequeño ejemplo pero en definitiva apunta a poner en claro esta idea del relativismo cultural y temporal del concepto de salud mental.
De todas maneras no vamos a hacer la historia del concepto que es larga y compleja, pero sí quiero puntualizar un par de momentos que me parecen que son los más importantes. El primero de ellos transcurre entre mediados y finales del siglo pasado. Uds. saben que la evolución de las ciencias hacia fines del siglo XIX adquiere una importancia significativa y en todos los campos del conocimiento se vive un proceso de clasificación, de ordenamiento. De golpe la mirada del científico es una mirada clasificadora. Es una mirada ordenadora de la que surgen los grandes ordenamientos, Linneo por ejemplo ordena el mundo de las plantas, surgen las grandes clasificaciones de las especies y géneros animales, etc. En el campo de la salud mental también empiezan a surgir una serie de clasificaciones, de cuadros nosográficos, que intentan describir en una especie de mirada panorámica, todos los casos que el descriptor entendía que formaban parte de la patología. Por supuesto que no hubo consenso en hacer una única clasificación sino que la mayoría de los autores importantes, construyó la suya, siendo tal vez la más importante la de Kraepelin.
Ahora, Uds. se dan cuenta que, en este momento, fines del siglo XIX, lo que predomina es fundamentalmente la mirada. Una mirada que ordena el mundo a partir de ciertas ideas que, específicamente en el tema de la salud mental, giraban en torno al hecho de que la patología mental era siempre la consecuencia de una lesión cerebral. El modelo a partir del cual se organiza esta mirada es el modelo que algunos autores llaman órgano-mecanicista. Se parte del hecho que, como venía constatándolo la medicina general en otros terrenos, siempre había una base lesional y que la enfermedad mental era la resultante de alguno tipo de lesión. La enfermedad prototípica era la parálisis general progresiva que efectivamente es la resultante de lesiones concretas.
Este proceso coincidió también con las primeras descripciones anatómicas, los primeros mapas del cerebro, por primera vez se empieza a estudiar el cerebro sistemáticamente y comienza a desarrollarse una especie de geografía del cerebro que dice: “este lugar hace tal cosa”, “este lugar tiene que ver con tal otra”. De modo tal que este es un primer intento serio de comprender la enfermedad mental a partir de la base física, de la base orgánica concreta de tipo lesional.
Hubo algunas descripciones muy importantes en esta época, muy minuciosas y detalladas; insisto en que lo central de este período es la mirada sobre el problema de la enfermedad mental y el afán clasificatorio. Siempre pensando la enfermedad mental como algo que le pasa al otro. Es decir, entre el clasificador y el enfermo hay un abismo. El otro es el enfermo. Yo soy el que está sano y desde mi salud, desde mi conocimiento, desde mi saber, lo clasifico, como otros expertos clasifican plantas, insectos o animales.
Este punto de vista empezó a declinar hacia fines de siglo. Entre otras cosas porque evidentemente, había muchas patologías en las que era muy complejo y muy difícil sino imposible encontrar la famosa base lesional. Enfermos con cuadros muy espectaculares, muertos en los hospicios, eran estudiados, sus cerebros eran estudiados anatómicamente con los métodos de exploración de la época y no había ninguna alteración visible.
Posteriormente a este empeño de la psiquiatría por la descripción de enfermedades, desde los comienzos del siglo XX se ha venido asistiendo a una reacción y, progresivamente, se ha tendido a considerar las enfermedades mentales como formas cuya tipicidad de estructura y evolución no puede ser asimilada a una especificidad absoluta de naturaleza, puesto que estos síndromes o reacciones derivan o parecen derivar de etiologías diversas.
Esta elasticidad del concepto de enfermedades mentales, éste carácter más dinámico y, por así decir, más personal de sus manifestaciones, su complejidad y carácter intrincado, se ha operado por la influencia de dos grandes movimientos, por otra parte profundamente vinculados entre sí.
El aspecto orgánico y anatomopatológico, del proceso morboso fue lo primero que perdió su excesiva vigencia en beneficio de las concepciones psicogénicas o psicodinámicas. Es así como los descubrimientos fundamentales de la estructura del inconsciente y de su papel patógeno por Sigmund Freud ha revolucionado la psiquiatría clásica o “kraepeliniana”. En efecto, según esta perspectiva, la forma rígida de las entidades tiende a desaparecer para prestarse a una interpretación más dinámica del papel de la actividad psíquica en la formación de los cuadros clínicos.
Freud produce una auténtica ruptura epistemológica, ¿por qué?, porque viene a plantear un modo de abordar y de pensar la enfermedad mental que era totalmente inédito. Hay un salto cualitativo en ese momento. Piensen que la primer obra significativa de Freud, “La Interpretación de los Sueños”, (hay otras anteriores el Proyecto, los Estudios sobre la histeria, etc.) pero la obra de ruptura que es La Interpretación de los Sueños, estuvo terminada para 1899 y fue publicada en 1900. El discurso Freudiano introduce una profunda transformación, porque esta actitud epistemológica del psiquiatra tradicional que miraba el mundo para ordenarlo, se desplaza, se corre de lugar, porque Freud viene a proponer que en lugar del ojo hay que usar la oreja. Entonces, la mirada pasa, digamos, a un segundo plano, y empieza a funcionar el oído, esto es, la escucha. Esto como actitud epistemológica es de gran importancia porque ahora el que escucha intenta comprender. Ya no está en la actitud del que mira el mundo para ordenarlo, sino que el que escucha dice: “yo quiero entender”, trato de comprender la patología en su intimidad, en sus mecanismos mas complejos, por eso Freud plantea, (no vamos a desarrollar ni mucho menos el pensamiento de Freud), pero Freud plantea claramente un proyecto metapsicológico que intenta dar cuenta justamente de los mecanismos y de la intimidad de la patología.
Este cambio de actitud que introduce Freud no solo significa cambiar el ojo por la oreja sino que también implica la producción de un acortamiento de las distancias entre el supuestamente sano y el supuestamente enfermo. El enfermo ya no es el otro, como otro distante y lejano, el enfermo soy yo. Freud nos dice, que los mismos mecanismos que operan en la patología, operan en cada uno de nosotros, los así llamados normales. Que las mismas estructuras, las mismas instancias, los mismos mecanismos de defensa, están operando tanto en la patología como en la salud. Esto es, que entre el enfermo y la persona llamada normal, simplemente hay una diferencia de grado, una diferencia de cantidad, no de cualidad. La diferencia no es cualitativa, es simplemente cuantitativa. Quiero decir que entre la angustia que puedo sentir yo como supuestamente normal y la angustia psicótica, no hay una diferencia de calidad, hay diferencia en la cantidad. La primera es una angustia que aniquila, es una angustia que desborda, que no tiene control porque hay un colapso defensivo. En mi caso, mis mecanismos de defensa más o menos funcionan y puedo controlarlo, pero no hay una diferencia radical.
De modo que, esta lejanía del enfermo ya no es tal, se reduce drásticamente. El enfermo paso a ser yo. Me parece que esto es muy importante, insisto, porque produce un gran cambio de perspectiva que de alguna manera va a marcar todo el siglo XX. Nadie puede dudar de la importancia del pensamiento Freudiano en el desarrollo de las ideas y de la vida a lo largo del siglo XX. Paul Ricoeur, en alguno de sus textos dice que los tres pensadores que más han influido a lo largo del siglo XX, son tres pensadores del siglo pasado: uno es Nietszche, el otro es Marx y el otro es Freud. Los tres son pensadores nacidos el siglo pasado. Esto puede ser un poco discutible pero, no hay ninguna duda que si no son los tres que más han influido, están por lo menos entre los cinco o seis más importantes.
Los que han estado siguiendo el curso de este ciclo de charlas y han escuchado a los especialistas en filosofía, creo que tienen claro hasta que punto el pensamiento nietszcheano sigue teniendo una influencia notable en alguno de los pensadores mas importantes de nuestro tiempo. Marx está un poco venido a menos, pero creo que todavía hay una gran riqueza en el pensamiento marxista, y el de Freud que también está un poco caído por que inevitablemente forma parte del derrumbe de los grandes relatos, de todas maneras sigue, me parece, aportando algunas cosas muy significativas.
Para no seguir yéndonos por las ramas quiero que quede claro esto: primero hasta fin del siglo XIX, un paradigma de conocimiento donde el eje pasa por la mirada, luego desde comienzos del siglo XX un paradigma donde el interés pasa por la escucha, por el entender y la internalización de la idea de que el enfermo soy yo. Es decir, queda puesta en cuestión nuestra propia salud mental, ya no nos sentimos tan seguros de nuestra salud mental, como podría sentirse el hombre del siglo XIX. Esto es lo que quiero dejar claro.
El otro aspecto que me parece fundamental es que, así como a fines del siglo pasado se pensaba la enfermedad mental y se trataba de comprenderla desde una causa muy concreta, muy determinada como la lesión orgánica; la inclusión del pensamiento Freudiano y la profundización del conocimiento de la intimidad de la enfermedad mental, empieza a poner en evidencia que la salud mental no obedece solamente al funcionamiento de las estructuras cerebrales, que también el medio, las experiencias concretas, las interacciones con los otros y la historia de cada sujeto, cuentan para entender el porqué de su mayor o menor equilibrio emocional. Yo creo que este es uno de los grandes aportes de Freud en la medida que desmedicaliza la enfermedad mental, le quita esta imagen de patología física que tiene que ver exclusivamente con el saber médico e introduce los factores psicológicos, los factores antropológicos, los factores sociales.
Esto termina derivando en un concepto que hoy se maneja habitualmente para comprender la patología mental y es el concepto de policausalidad. Es decir, ya no pensamos, salvo en cuestiones muy puntuales, en patologías muy claramente definidas, ya no pensamos decía, que la pérdida de salud mental obedece a un único factor, sino más bien a una especie de sumatoria, a una interacción acumulativa, de diversos factores. En esto también hay que reconocer el aporte Freudiano porque él ya había trabajado el concepto de “series complementarias”, en el que planteaba que la patología se produce por una interacción entre aquellos factores que el sujeto trae genéticamente y la historia personal, los eventos, las cosas que le fueron pasando y que le pasan. Entonces Freud decía: miren entre estos dos factores, lo que llamaríamos lo genético y este otro que llamaríamos la historia del sujeto, hay una relación inversamente proporcional. Esto es que, cuanto mayor sea la carga genética del sujeto, menor importancia tendrán que tener los eventos de su vida para que ese sujeto se descompense y viceversa. De modo que depende de una doble serie de factores que tienen que ver, por un lado con el cuerpo y por el otro con la historia del sujeto, con la historia en el sentido más amplio del término, con la historia personal y con la historia en el sentido de coyuntura histórica, con el contexto de época en el que a cada uno le toca vivir. Estas dos series de factores, interactuando, absolutamente imbricadas una con la otra, son las que permiten comprender más cabalmente porque una persona enferma.
Tal es así que, en los últimos años se viene produciendo una especie de transformación del concepto de enfermedad mental, en el sentido que se da una dilución de la idea de enfermedad mental que empieza a ser reemplazada por la idea de trastorno mental, que es otra cosa. Los que están en el tema de la salud mental y consultan habitualmente un texto como el DSM-IV, que es un manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales, recordarán que la palabra enfermedad aparece muy poco y la que sí se utiliza es la palabra trastorno. Esto es muy interesante porque el diccionario Dorlan de ciencias médicas define la enfermedad como un “conjunto de signos y de síntomas que tienen la misma evolución y proceden de una causa específica de origen conocido o no”, en cambio el trastorno es “una alteración o perturbación de una función física o psíquica”. Yo les pido que retengan este concepto de trastorno como alteración o perturbación de una función psíquica, porque creo que esta es la palabra que mejor describe lo que hoy llamamos patologías mentales, salvo insisto, la excepciones como las demencias, etc. donde realmente hay una lesión orgánica y ahí sí se puede utilizar el concepto de enfermedad.
De todas maneras, para que esto quede claro y para que empecemos a ver más en detalle otras cuestiones, he traído la definición de salud mental que propone la Organización Mundial de la Salud, que me parece que es, claramente, la mejor. Es una definición que surge por consenso de un grupo de expertos de distintos países del mundo y que dice: “La salud mental se definió como aquel estado sujeto a fluctuaciones, provenientes de factores biológicos y sociales en que el individuo se encuentra en condiciones de conseguir una síntesis satisfactoria de sus tendencias instintivas, potencialmente antagónicas, así como para formar y mantener relaciones armoniosas con los demás y para participar constructivamente en los cambios que puedan producirse en su medio ambiente físico y social”.
Lo que quiero señalar de esta definición es que se define la salud mental como “aquel estado sujeto a fluctuaciones”, es decir, la salud mental nunca es una línea recta, sino más bien una línea ondulada, con crestas y valles, ondulaciones que se producen dentro de ciertos límites, hay un piso y un techo. Entonces, es un estado sujeto a fluctuaciones pero no cualquier fluctuación, son fluctuaciones que se dan dentro de ciertos límites, si esas fluctuaciones sobrepasan dichos límites entonces estamos en el terreno de lo patológico. Creo que esto es claramente comprensible porque nosotros como sujetos humanos somos conscientes de las variaciones de nuestros estados de ánimo, hay días en que uno se levanta muy contento y no sabe por qué y otros en que uno se levanta muy mal y tampoco sabe por qué.
El otro punto que me parece muy importante es considerar que estas fluctuaciones son provenientes de factores biológicos o sociales. Desde lo biológico un simple malestar digestivo, por ejemplo un dolor de estomago, es suficiente para que mi estado de ánimo cambie, yo no estoy igual, y simplemente estoy hablando de algo muy sencillo, de algo muy trivial, ni hablemos de un padecimiento físico importante. Pero también, si yo pierdo mi trabajo, o si discuto con mi mujer, o si peleo con mi hija, también esto provoca una alteración de mi estado de ánimo. Entonces, esto que llamamos salud mental está sujeto a fluctuaciones biológicas y sociales, en el sentido de nuestra relación con el mundo y con los otros. Quiero detenerme en este punto para aclarar que las alteraciones biológicas tienen una relativa estabilidad. Desde el punto de vista biológico el ser humano no ha cambiado mucho en los últimos miles de años, de modo que las alteraciones que tienen que ver con el cuerpo básicamente son las mismas. Lo que sí cambia profundamente es lo social. A ese punto es al que quiero llegar.
Creo que no se puede comprender la situación de la salud mental hoy en el mundo si uno no la ve en un contexto más amplio, que es el de las profundas transformaciones y cambios que se han producido en los últimos años. Si uno quiere comprender cualquier fenómeno en su intimidad hay que pensarlo siempre en función del contexto del cual forma parte. Los fenómenos pensados en sí mismos como hechos aislados, no son comprensibles. Por que todo lo que nos rodea o es un sistema en sí mismo o es parte de un sistema mayor. De modo tal que no hay opción mejor que esta para pensar las cosas con mayor claridad.
Desde este punto de vista quiero que empecemos a pensar la cuestión de la crisis. Creo que nadie tiene dudas de que vivimos en un contexto de crisis. Es la famosa globalización. Todo el mudo habla de la globalización, todo el mundo padece algunos fenómenos vinculados con la globalización. Pero la globalización es la resultante, es un fenómeno que se inscribe en un proceso de transformación a largo plazo de las sociedades, y por lo tanto, la crisis en la que vivimos tiene varias vertientes. Vamos a detenernos en las dos más importantes.
Una es la vertiente económica. Evidentemente la globalización es un fenómeno que tiene características económicas, esto no hace falta discutirlo; pero por otro lado la globalización también tiene otra pata en la que se apoya y esta tiene que ver con lo antropológico. Con una crisis del sujeto. Si tratamos de entender el problema de la globalización solo como un fenómeno económico, nos va a faltar una pata y lo vamos a entender a medias. La globalización debe ser entendida a partir de los profundos cambios que se dan con la internacionalización de los mercados, el borramiento de las fronteras, etc. pero además en el contexto de una crisis del sujeto que es previa, una crisis del sujeto que empezó antes de la globalización. La crisis del sujeto no se produce simultáneamente con lo que llamamos globalización, sino que es una crisis que tiene un comienzo anterior.
Lo cierto es, que como consecuencia de este estado de cosas donde coinciden la globalización económica con la crisis del sujeto, se produce en occidente una triple fractura, que son las consecuencias más visibles del proceso de cambio.
La primera fractura tiene que ver con el fallo de las instituciones que hacen funcionar el vínculo social y la solidaridad. Hay un derrumbe de las organizaciones intermedias, hay un derrumbe del poder sindical, hay un derrumbe de todo lo que tiene que ver con la solidaridad, esto es lo que en la jerga de los economistas se llama la crisis del estado benefactor. La crisis del estado benefactor es esto: el derrumbe de las instituciones que hacen funcionar la solidaridad. El estado que se hace cargo de la salud, el estado que se hace cargo de los viejos, el estado que se hace cargo de la educación, de la seguridad, deja de cumplir con esas funciones. Esta es la primera fractura.
La segunda fractura tiene que ver con un fallo en la relación entre trabajo y economía. Es lo que llamaríamos la crisis del trabajo. Hay un fallo en las relaciones entre trabajo y economía porque tradicionalmente economía y trabajo funcionaron asociadas, la función de la economía es garantizar el trabajo a los individuos para que los individuos puedan ser productivos, para que a su vez tengan acceso a un salario que les posibilite tener acceso a determinados bienes, etc. Cuando esto se quiebra, -ya vamos a ver que consecuencias tiene-, se produce un fallo que implica la exclusión de miles de personas en lo que se denomina la crisis del trabajo.
La tercera fractura tiene que ver con lo antropológico, y es un cambio en la constitución de las identidades individuales y colectivas. Esta fractura incide directamente en la amplificación y el ahondamiento de la crisis del sujeto.
Vamos a ver como influye este triple fallo tanto desde el punto de vista de la crisis del trabajo como desde el punto de vista de la crisis del sujeto, que es lo que a nosotros más nos interesa.
El dato más relevante de la realidad económica en el mundo occidental es el desempleo masivo, un desempleo que tiende a crecer y que no parece demasiado fácil de revertir. Yo no soy economista, de modo que no quiero detenerme a analizar eso, simplemente creo que ese es un dato de la realidad, no hace falta ser economista para saber que hay un desempleo masivo. Lo que a mí me interesa, como psicólogo, son las consecuencias que ese desempleo masivo tiene en la salud mental de la gente.
El primer aspecto que me parece esencial es el hecho de que el desempleo masivo provoca en miles de personas una pérdida de la identidad. Uno de los puntos centrales de la identidad de cada sujeto tiene que ver con lo que hace, uno es lo que hace. Y si uno no hace nada, no es nada.
El segundo elemento también vinculado con el desempleo es la incertidumbre sobre el futuro. No hay futuro. Esta es la sensación concreta que tiene mucha gente, joven y no joven, no hay futuro, -volveremos sobre el tema-, pero me parece que es un dato para pensar.
El otro ítem significativo vinculado a la crisis del desempleo. tiene que ver con el quiebre de la organización social y de las representaciones colectivas. Esto es, con el colapso del poder sindical en el mundo entero, con el colapso de las formas organizativas de tipo colectivo. Obviamente no vamos a entrar a detallar como influye en esto la caída de la Unión Soviética, etc...etc. porque sería demasiado extenso y no pertinente. Pero de todas maneras, ese quiebre de la organización social y de las representaciones colectivas es otro dato muy vinculado al tema del desempleo.
Otro aspecto, relacionado con lo mismo es la transgresión del contrato social y cívico. El contrato social y cívico significa que todos nosotros que formamos parte de una sociedad estamos dispuestos a respetar ciertas normas, ciertas consignas, ciertas reglas. Pero si lo que se ha establecido es una guerra de todos contra todos, si acá lo único que importa es sobrevivir, entonces el contrato social y cívico, hablando mal y pronto se va al diablo, o como diría Durkheim mucho más elegantemente, reina la anomia.
La otra cuestión vinculada con esto tiene que ver con la desconfianza generalizada hacia la dirigencia. Los dirigentes han perdido credibilidad, pero no en la Argentina, no Menem, han perdido credibilidad en el mundo entero. Hay una desconfianza generalizada, la gente dice “que me va a resolver este tipo el problema a mí”, la gente busca respuestas y no las encuentra.
Evidentemente, dentro de este panorama, es casi inevitable que muchas personas terminen por desarrollar una visión negativa del mundo. Hay miles de personas que desarrollan esta visión negativa del mundo y no hace falta explicar ni entrar en detalles para comprender la relación que hay entre una visión negativa del mundo y el hecho de que uno esté deprimido. Esa visión negativa conduce hacia dos cosas: en algunas personas genera un rechazo, un rechazo ciego, donde el tipo dice “yo no me banco más esto, estoy mal, me enojo, protesto, despotrico”, y termina oponiéndose a todo, aún a lo que eventualmente esta bien. En otros, son los más, lo que provoca es una especie de resignación, de aceptación pasiva. Y esto le pasa a la mayoría, porque el sistema funciona en la dirección de transmitir y sostener la idea de que este es el único ordenamiento posible, que no hay otro, que cualquier alternativa distinta está equivocada, es una locura o, lo que es casi lo mismo, una utopía irrealizable.
Todo esto conduce a que se produzca, para millones de personas, el fin de un marco de inteligibilidad del mundo, es decir, el mundo ha perdido ordenamiento, ya no puede ser leído en términos que sean comprensibles. La gente sencilla, la gente que no tiene acceso a conocimientos específicos no puede entender lo que pasa. Al señor que trabajó cuarenta años y que aportó toda su vida para una jubilación y ahora tiene que vivir con ciento cincuenta pesos, no hay manera de explicarle lo que está pasando. Y no porque sea tonto, sino porque se han quebrado sus marcos de inteligibilidad del mundo, no lo puede entender.
El otro aspecto, vinculado con el desempleo masivo es la inseguridad. Porque no solo está mal el sujeto que se quedó sin trabajo, también está mal el que tiene trabajo y teme perderlo. El que tiene un trabajo y está todo el día pensando: “en cualquier momento me echan”. Esto generalmente es así. Me parece que no requiere ninguna explicación adicional porque es notorio, la gente lo dice en la calle. La gente tiene miedo. Si el patrón le dice: “mirá, yo te pago por ocho horas, pero vas a tener que venir nueve”, o “vas a tener que venir diez”, y no te voy a pagar horas extras, el tipo dice: “que va a ser, peor es que me eche”, y va y trabaja sin protestar, ¿o no es así?. Esto tiene que ver con un retroceso, y es un retroceso que se da en el mundo entero, no es un problema argentino, es un problema del mundo.
Lo que quisiera puntualizar en relación a este tema, es algo que mencionamos antes, pero quiero entrar un poco más en detalles, ¿Hasta que punto esta situación produce un cambio en la relación con el tiempo?. Me refiero puntualmente a esto; el tiempo tiene tres dimensiones, pasado, presente y futuro. Desde siempre el futuro es el lugar de la esperanza. El futuro es el lugar de la expectativa, el futuro es el lugar de los sueños, el futuro es el lugar donde uno deposita todas las cosas que hoy no puede hacer pero que alguna vez hará. ¿Qué pasa en la cabeza de la gente cuando empieza a sentir que no hay futuro?. Fijensé que se ha producido una inversión tan notable en este aspecto que, durante muchos años, como el futuro era el lugar de la esperanza, la gente sentía que hoy estaba mal pero que si trabajaba, si se esforzaba, si se superaba, iba a progresar, este es el mito del progreso, el mito del positivismo. ¿Cuantas personas proviniendo de hogares humildes, tuvieron la posibilidad de estudiar, de formarse, de tener una profesión y esto les posibilitó una movilidad social, un ascenso social, el tener acceso a ciertos bienes, a cierto nivel de confort?. Eso parece que hoy ya no es así. Entonces empieza a darse este fenómeno: así como antes las condiciones iniciales podían ser malas, pero había una expectativa de futuro, y la posibilidad de mejorar en ese futuro, hoy parece que las condiciones iniciales son las esenciales, es decir, según como esté posicionado, -pensemos en los jóvenes-, por ejemplo si es hijo de una familia acomodada económicamente, esto empieza a tener más peso en la determinación de su futuro. Por que éste es el que va a poder ir a la universidad privada, éste es el que va a poder hacer el posgrado en los EEUU, éste es el que va a tener el trabajo asegurado. El futuro del otro, que no parte con estas ventajas comparativa, ya no está garantizado. Este país concretamente, está lleno de profesionales, médicos, psicólogos, arquitectos, etc. que trabajan como empleados, que no trabajan, o que trabajan en cualquier otra cosa. A esto me refiero cuando hablo de una inversión del sentido del tiempo: lo más decisivo para el futuro está en las condiciones iniciales que desempeñan un papel determinante en el destino de los individuos.
De todas maneras, así como recién veíamos cuales son las consecuencias del problema del desempleo masivo, lo que me interesa ver ahora es la cuestión desde el punto de vista antropológico, desde el punto de vista de la crisis del sujeto. El aspecto clave desde esa perspectiva es el problema del individualismo. Creo que en este contexto que venimos narrando, el tema del individualismo tiene una importancia central. Primero vamos a tratar de aclarar a que nos referimos cuando hablamos de individualismo porque la palabra es polisemica, tiene diversas acepciones.
En primer lugar podemos hablar de individualismo desde un punto de vista filosófico, como un principio de valoración de la autonomía, de la autenticidad, esto es el individualismo filosófico.
Desde el punto de vista de la evolución moral desde hace unos años hablamos de individualismo para hacer referencia al triunfo del mercado, a la imposición del mercado y al repliegue del sujeto sobre sí mismo.
Finalmente, como hecho sociológico el individualismo contemporáneo significa el derrumbe, el colapso de los cuerpos intermedios, la fragilización de los vínculos entre las personas, de los vínculos comunitarios, la tendencia cada vez más marcada a la atomización social.
Sin embargo, no todo es malo en el individualismo. En la evolución del individualismo moderno se pueden marcar, se pueden discriminar, por lo menos dos momentos. Hay un primer momento de crecimiento y desarrollo del individualismo que corresponde a los años ’70, que son años de cambio, de transformación profunda, tal vez un poco antes, el mayo francés es del ’68, el movimiento “hippie” de los ’60, donde el desarrollo del individualismo va en la dirección de una mayor emancipación, de un mayor crecimiento de los sujetos, de un incremento de la autoestima, de una toma de consciencia de los sujetos como portadores de derecho, “yo quiero esto”, “yo tengo derecho a esto”, “yo quiero vivir mi vida como me plazca”, “yo no quiero más situaciones de sometimiento”, “no quiero más ataduras”, “no quiero que nadie venga a decirme lo que tengo que hacer con mi vida sexual”, “no quiero que me digan a quién tengo que votar”, etc. etc. Esto es una explosión que, insisto, en esta primera etapa tiene un aspecto positivo.
El problema es que a nosotros nos toca vivir hoy la cara oscura del individualismo, la cara negativa del mismo. El individualismo de los ’90 ya no es el individualismo alegre, feliz, libertario, de los ’60 o de los ’70. El individualismo de los ’90 es el de la soledad, el del no-encuentro con el otro. Quiero leerles una cita de, Jean-Claude Guillebaud, que dice: “En esta etapa, la desigualdad no es lo único que se pone en tela de juicio. La cuestión no se reduce a la injusticia del reparto, por más que este sea cruel y se agrave. La sorda queja que sube en torno a nosotros es consubstancial a las mismas dichas de que disfrutamos. Como si el triunfo del Yo, el goce bulímico y la ingravidez de nuestras vidas estuvieran gangrenadas por una frustración incurable: un sentimiento de soledad que estropea nuestra libertad, un asco que acompaña nuestras comilonas, una violencia que acecha nuestros placeres, un vértigo que perturba nuestro vagabundeo, un desamparo que nos asedia”. Y agrega más adelante: “Hasta las falsas audacias del aparato mediático –los reality shows, las confesiones interactivas, los programas de radio provocadores-, revelan, como de improviso, una realidad que no nos imaginábamos. Lo que se expresa entonces no es la exultación del “todo está permitido”, sino lo contrario: el malestar solitario, el sufrimiento oculto, la desesperación. Comprobarlo no significa suscribir los moralismos que circulan. Es verificar una evidencia: el individualismo absoluto genera sus propios padecimientos”.
Es en esta dirección, pensando la cuestión del individualismo que quiero marcar cuales son las diferencias que existen entre pertenecer a un grupo, estar integrado a lo colectivo y lo que significa la disolución de lo colectivo.
En primer lugar y fundamentalmente, pertenecer a un grupo le da un sentido a la vida. Pertenecer a una familia, pertenecer a un gremio, pertenecer a un grupo de amigos, le da sentido a nuestra existencia. John Donne decía en 1600 y pico, “ningún hombre es una isla, todos somos partes del continente, por eso no preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti”. La producción de sentido en la vida está siempre vinculada con los otros.
Evidentemente la pertenencia a lo colectivo permite construir una identidad. Decimos: “Yo soy hincha de boca”, “yo soy peronista”, “yo soy radical”, es decir, la pertenencia a un sistema colectivo construye nuestra identidad. Nos definimos por esas cosas. Si yo no soy hincha de nadie, no tengo ninguna preferencia en nada, no me vinculo con nadie, ¿qué identidad tengo?, ¿quién soy yo?.
Finalmente, la pertenencia a lo colectivo satisface necesidades individuales, hay una gran cantidad de situaciones que un ser humano tiene que afrontar, que las afronta mejor con otros que solo. Así de simple es.
Veamos entonces qué implica este proceso de disolución de lo colectivo por el que atraviesa occidente. En primer lugar, tal como lo dijimos antes, implica una pérdida de identidad. En la medida en que perdemos las identificaciones colectivas, empezamos a perder identidad, cada vez nos resulta más difícil decir lo que somos. La disolución de lo colectivo también significa una mayor presión para el individuo, el sujeto empieza a recibir una serie de presiones de todo tipo y no tiene un grupo en el cual apoyarse. El hecho de ser un individuo aislado, implica una necesidad permanente de automejoramiento, de tener que trabajar todo el tiempo para ser mejor porque estamos en el contexto de una sociedad competitiva que nos dice: “si dejás de pedalear, perdiste”. Por lo tanto tenemos que pedalear siempre. Esto significa una enorme presión para todos.
Si el hecho de pertenecer a un grupo le da sentido a la vida, el hecho de permanecer aislado obliga a que cada uno tenga que empezar a darle un sentido por sí mismo a la vida, lo cual no es nada sencillo, nunca mejor que en esta época resultan válidas las palabras de Sartre de que “Estamos condenados a la libertad”. Evidentemente, el hecho de estar solo implica para la mayoría de los sujetos una mayor fragilidad psíquica, una mayor indefensión, una mayor vulnerabilidad.
La disolución de lo colectivo implica un aumento de la incertidumbre, porque en la medida en que tengo que dar una respuesta personal, en la medida en que tengo que encontrar un sentido para mi vida con mis propios medios, en la medida en que no tengo donde apoyarme, en la medida en que siente que mi futuro es incierto o directamente que no hay futuro, evidentemente la incertidumbre se hace cada vez mayor. Ojo que esto no es un simple comentario, estoy convencido que todos tenemos una mayor incertidumbre, todos, sin excepción. Y el problema es que no nos gusta vivir en la incertidumbre, nos gustan las certezas. Nos tranquilizan las certezas. Aunque estén equivocadas. El hecho de tener una convicción profunda, aún equivocada, da tranquilidad. La incertidumbre permanente nos intranquiliza permanentemente. Nos desestabiliza, nos desacomoda. Finalmente la disolución de lo colectivo termina por producir un repliegue sobre sí mismo.
Un par de autores franceses, que en realidad representan a un colectivo, a un grupo de reflexión que viene produciendo desde hace un tiempo, escriben un libro que refleja la postura del grupo, se llaman Jean Paul Fitoussi y Pierre Rosanvallon, en este texto dicen: “A medida que flaquea el apoyo de las instituciones de encuadramiento y las normas sociales de conducta, brota una angustia tan difusa como apremiante. Incapaces de analizar claramente sus mecanismos, polarizamos nuestras actitudes sobre las formas mas elementales de la tranquilidad: la del retorno del gendarme y la propuesta “pararreligiosa” con el fenómeno del desarrollo de las sectas”.
Me parece interesante este comentario porque mirando lo que pasa en Europa, el retorno del gendarme es muy notorio. El Frente Nacional de LePenn que representa a la derecha xenófoba en Francia cada vez convoca más gente, los movimientos neonazis en Alemania, los neofacistas en Italia, cada vez convocan más gente. Es el retorno del gendarme, es la gente que dice: no podemos vivir en esta incertidumbre, no podemos vivir en medio del desorden y de la angustia, que venga alguien con mano dura. Esta historia, en el país, también nosotros la conocemos. Esto esta empezando a pasar en muchos lugares del mundo, no solo en Europa. Cuando a la gente en Buenos Aires se le pregunta cuales son sus motivos de preocupación responde con dos cosas: la desocupación y la seguridad. Y el problema de la seguridad, ¿cómo se resuelve?, y la gente dice: hay que poner más policía. La cuestión es que el problema no se resuelve con más policía, el problema se resuelve con más trabajo, con una distribución más justa del ingreso. Lo que pasa es que el sistema no está en condiciones de dar más trabajo, pero no podemos pensar que el problema se va a resolver porque metamos preso a la gente.
El otro tema es el fenómeno de las sectas que también es muy interesante y es un fenómeno no solo de Argentina sino de todo occidente. Con respecto a esto quiero decir dos cosas: la primera es una definición que a mi me encanta, pertenece a Chesterton y ya tiene no menos de 70 u 80 años, Chesterton dijo: “Desde que los hombres ya no creen en Dios, no es que no creen en nada, creen en todo”. Creen en el horóscopo, en el tarot, en los “videntes”, en los manosantas, en cualquier cosa. Me parece que la opinión de Chesterton es una buena síntesis. La otra es una definición de Harold Bloom que hablando de la New Age dijo: “La new age es al pensamiento lo que las hamburguesas McDonald son a la comida”. Esta también me parece una excelente definición. Por que el fenómeno de las sectas es un fenómeno que se generaliza y, sin ser experto en sectas, tengo la sensación de que las hay de dos clases. Una que llamaríamos las sectas de la línea dura, que funcionan como una estructura de encuadramiento extremadamente rígida, de sometimiento casi a nivel de esclavitud del sujeto que ingresa en ella, donde hay verdaderas aberraciones, uno se pregunta ¿cómo la gente se engancha es esto?, ¿cómo lo tolera?, ¿cómo lo soporta?. Esto es un síntoma, y es un síntoma porque en un contexto social de anomia en que cada cual hace lo que quiere; así como algunos adhieren al partido neonazi o al frente nacional de LePenn, otros adhieren a las sectas, desde otra línea digamos, pero que también les organiza la vida estricta y rígidamente. “Vos tenés que hacer esto, esto y esto” y ya no tenés más necesidad de pensar, porque para eso está el “gurú” que piensa y te dice lo que tenés que hacer. Ese es un tipo de secta. El otro, tipo “new age”, es el grupo de “está todo bien”, “todo es lindo, hay que armonizarse, serenarse, relajarse, hacer vida sana, cuidarse en la comida, estar en contacto con la naturaleza, todo es mágico”, es decir, un pensamiento casi infantil, liviano, sin contradicciones, sin deberes ni obligaciones fuertes donde cada uno hace lo que quiere. Por eso Bloom dice que esto es al pensamiento lo que las hamburguesas son a la comida. A la verdadera comida. Sin embargo esa onda prende mucho, es la onda de una religiosidad “light”. La religión en serio implica adherir a ciertos principios, la religión en serio dice “esto está bien, esto está mal”, el creyente sabe que es lo que está bien y que es lo que está mal, si actúa en función de lo que está mal, sabe que está pecando y tendrá que pagar las consecuencias. Si quiere tener un premio, tendrá que portarse de acuerdo a los preceptos establecidos, no por él sino por una autoridad superior. Pero no hay medias tintas. Las religiones tradicionales tienen un sistema organizado de ideas y fijan normas claras. Que uno las siga o no es otra historia. Pero estas pseudo religiones en realidad son “haz lo que quieras”, lo importante es sentirse bien, si el individuo se siente bien, está todo bárbaro. El problema es que la gente hace todo eso, pero no se siente bien. Se siente cada vez peor.
Pero, volvamos a nuestro tema. Dice Guillebaud: “...la ruina de la ciudadanía, la delicuescencia sindical, el gran deterioro educativo, el hundimiento del civismo, el repliegue medroso sobre la esfera privada, la declinación de los modelos de parentesco... todos estos fenómenos participan de un mismo origen: la victoria definitiva del “yo” sobre el “nosotros”, la disolución programada del vínculo social”. Estos son, diagnósticos, si Uds. quieren. Guillebaud es un sociólogo francés y estamos citando textos del año pasado.
En este contexto de disolución de los social, me voy a detener un minuto en el tema de la familia. Quiero rápidamente hacer una pequeña comparación entre lo que llamamos la familia tradicional y la actual.
La familia tradicional era autoritaria. Había un papá que decía: “mirá viejo esto es así, si te gusta está bien, si no te gusta te fajo”, y uno tenía que bancarse eso, no era una familia, entre comillas, “democrática”, la democracia quedaba afuera de la familia. Era una estructura jerárquica, con una autoridad firme y sólida, con sus injusticias, si Uds. quieren, pero así funcionaba. Esa familia tradicional, más allá del autoritarismo que indudablemente tenía, también operaba como un espacio de sostén social y afectivo para los sujetos que la componían. Operaba como un lugar de redistribución económica. El ingreso que tenía la familia se repartía equitativamente entre todos los miembros según sus necesidades. O comemos todos o no come nadie, pero no que este come y este no. Había un fuerte vínculo de solidaridad en ese tipo de familia.
Otro dato importante es que la familia tradicional nos incluía en una historia. Nos incluía en una genealogía, uno tenía primos, abuelos, tíos, bisabuelos en algunos casos. Nos incluía en una historia y nos juntábamos para festejar algunos eventos de los que participaba toda la familia, y nos contaban historias del nono que alguna vez hizo esto o aquello. Nosotros no éramos sujetos que se habían generado espontáneamente aquí y ahora, detrás nuestro había una historia. Muchas veces esa historia nos marcaba, nos condicionaba, pero había una historia. Y tener una historia, siempre, aún siendo mala, es mejor que no tener ninguna. Esto lo podemos discutir, pero yo creo que es así. Es preferible tener una historia, aún mala, aún llena de baches, una historia a reparar, a redefinir, a cambiar y a modificar, esto es mejor que no tener ninguna. Esta familia tradicional era evidentemente para todos los sujetos un punto de apoyo y referencia.
¿Cómo es la familia actual?, en esto quiero hacer una aclaración, cuando hablo de la familia actual me refiero en general al problema de la familia actual en occidente, no al problema de la familia en Rafaela, que todavía en muchos casos sigue teniendo la característica de familia tradicional, aunque esté cambiando. En primer lugar pareciera que la familia está tornándose simplemente en un espacio contractual, hay un contrato, yo te doy esto, vos me das aquello, tenemos más o menos reglamentado los deberes, derechos y obligaciones de cada uno de los miembros de este contrato y así funcionamos. Ya no circulan los afectos de la misma manera que antes, los afectos circulan de otra manera, de una manera más “light”. En la familia de los italianos, cuando había una discusión se agarraban a piñas, se puteaban, se querían matar, después se abrazaban, lloraban todos juntos. La circulación de los afectos era intensa, vital, notoria. Hoy los afectos circulan de una manera mucho mas suave. La familia parece reducirse en muchos casos, simplemente a un espacio contractual. Esto está vinculado al hecho de que se ha producido una fragilización de los lazos de parentesco, la familia en occidente tiende a recluirse en sí misma, en muchos casos ya no incluye a sus miembros en la historia de las generaciones. Los abuelos son unos viejos que están allá y no se los ve nunca, los tíos están desparramados, ya no interesa juntarse porque cada uno tiene sus propias actividades y no está dispuesto a renunciar a ninguna. Cada uno hace lo que puede en este espacio contractual de la familia contemporánea. Es notoria la fragilización de los lazos de parentesco, tanto hacia la familia extensa, como entre los miembros del mismo sistema familiar.
La familia actual también se caracteriza por la baja fecundidad. Las tasas de crecimiento poblacional, en Europa por ejemplo, cada vez se caen más, son sociedades que tienden a envejecer. Las parejas tienen en el mejor de los caso un hijo y en muchos ninguno. Pero no porque no pueden, simplemente porque eligen no tenerlo. Y eligen no tenerlo, (esto se vincula con el individualismo), porque tener un hijo implica renunciar a muchas cosas. Tener un hijo significa por ejemplo, renunciar a cambiar el auto el año próximo, significa que por mucho tiempo hay que hacerse cargo de su cuidado, de su educación, de su salud, eso molesta mucho, la gente quiere disfrutar, vivir su vida, y en ese proyecto, los hijos son una molestia.
Naturalmente, vínculos de pareja constituidos de esta manera terminan siendo muy frágiles, por lo tanto esto implica una alta divorcialidad. Las tasas de divorcio tienden a crecer. El vínculo de la pareja se torna más frágil, más volátil, más inestable.
Pero además, el alargamiento de las expectativas de vida como consecuencia del desarrollo de la medicina, significa que cada vez con más frecuencia en el seno de una familia se da la coexitencia de hasta cuatro generaciones. Esto hecho provoca dificultades inéditas porque genera el problema de las personas mayores, que hacer con los más viejos. Sobre todo que hacemos con los más viejos en un contexto social de baja tasa de natalidad, porque los más viejos se van a acumular en un extremo de la escala y cada vez son más, mientras que, por otro lado cada vez hay menos gente en el proceso productivo que genere los recursos para darle de vivir a los de la tercera edad. No se si alguien tiene una respuesta para esto. Y en un contexto familiar como el que estamos describiendo, el viejo queda excluido.
Otras de las características de la familia actual es que cada vez se da con más frecuencia la presencia de familias reconstituidas o ensambladas. Son familias que se forman con personas que vienen de situaciones de divorcio, que traen hijos de matrimonios anteriores y a su vez tiene nuevos hijos con sus nuevas parejas, el título de una película de hace algunos años sintetiza la situación de los hijos de estas familias: “Los míos, los tuyos, los nuestros”. Este tipo de familias ensambladas crean dificultades inéditas, y situaciones de convivencia complejas y muchas veces conflictivas.
También hay un crecimiento significativo de las familias monoparentales, familias de un solo miembro, madres solteras que tienen un hijo, hombres o mujeres divorciados que conviven con un hijo, etc. En muchos casos se trata de un elección consciente sobre de todo de parte de algunas mujeres que quieren tener un hijo pero no un marido. En Nueva York el 50% de la gente vive sola, hombres y mujeres. Y establecen vínculos que casi siempre son transitorios. Las parejas se arman y se desarman con mucha facilidad. Hay pocos vínculos que comprometan profundamente, la mayoría son superficiales.
Con respecto a la familia tradicional quiero citar a Irene Théry, que ha trabajado el tema: “El espacio privado, en oposición al espacio público, era, en la tradición del siglo XIX, aquel en el cual el individuo aceptaba que su libertad fuera limitada por reglas de organización social de carácter prepolítico. Era una zona franca de la democracia en la que se ejercían lisa y llanamente las reglas de la autoridad paterna. El espacio público, al contrario, era el lugar de referencia común y por consiguiente de los principios. Por eso mismo era el lugar de la política, es decir aquel donde se definían las reglas sociales destinadas a transformar el mundo y, substrayendo al individuo del reino de la necesidad, hacerlo avenir como ciudadano. Más: el individuo podía emanciparse tanto mejor afuera por estar sólidamente anclado en la tradición dentro del espacio doméstico: el segundo servía de palanca al primero”.
Irene Théry es una socióloga francesa, tal vez la cita es un poco densa, pero vamos a tratar de hacerla un poco más comprensible. Théry dice: el espacio privado en oposición al espacio público era en al tradición del siglo XIX aquel en el cual el individuo acepta que su libertad fuera limitada por reglas de organización social de carácter prepolítico, se refiere a la familia, por ejemplo y en ese espacio no había democracia, para los hijos no había democracia, por eso dice que era una zona franca de la democracia, en las que se ejercían lisa y llanamente las reglas de la autoridad paterna. El espacio público, al contrario, era el lugar de referencia común y por consiguiente de los principios, por eso mismo era el lugar de la política, la política estaba fuera de la familia, correspondía al espacio público. Si alguien quería pelear por la libertad, por la democracia, salía a pelearlo afuera, no se peleaba con sus padres, por que en la casa no había democracia. Es interesante el planteo de Théry, por que en realidad lo que nos está diciendo es que esta estructura, a lo mejor rígida, del espacio privado, familiar, ponía en condiciones y preparaba a los sujetos para la pelea en el afuera, para la lucha por los principios, para vivir como ciudadano en el afuera. La democracia había que pelearla afuera, el mundo más justo había que buscarlo afuera y según ella, este espacio entre comillas de “sometimiento” en lo privado era lo que posibilitaba el salir a pedir algo en lo público, en el plano de la política.
De todas maneras, otro francés, como verán parece que he estado leyendo solo a los franceses, pero francamente, los franceses tienen en estas cosas una lucidez y una claridad, por lo menos para hacer diagnósticos, que en mi opinión es notable. Un autor francés como les decía, que se llama Robert Castel, acuñó el concepto de “desafiliación”, estamos desafiliados y esta idea es interesante, porque estar afiliado tiene que ver con filium, tiene que ver con los afectos, es decir, estar afiliado a algo es tener los afectos puestos en algo y estar desafiliado literalmente quiere decir que se está alejado afectivamente. Es interesante el concepto, entonces Castel dice que: “Podría ser que llevados por el movimiento de la individualización concebida como “libertad sin límite para instituirse a sí mismo”, hubiéramos olvidado esa parte de anclaje de la familia en la construcción social, que consiste en procurar sobrevivirse a sí mismo a través de la descendencia, en que se tienen deberes, una especie de deuda primaria de solidaridad para con aquellos en quienes se encarna ese deseo y, en especial, el de vincularlos a un puerto de amarre del que puedan lanzarse a asumir su libertad. Si la pertenencia (a una familia) es el tesoro de quienes tienen la suerte de gozar de ella, es en cambio la tumba de aquellos que, cada vez más numerosos, no se inscriben en ninguna trayectoria familiar estructurante [...] el aislamiento familiar desempeña un papel determinante en los fenómenos de ruptura social”. Es evidente, como dice Castel que el tener una trayectoria familiar nos estructura como sujetos, el no tenerla nos deja librados a lo que podamos hacer.
Antes de terminar, quedan unos minutos todavía, quiero que veamos como opera esta situación de crisis de la que hemos estado hablando, a nivel de hechos puntuales en la vida de los sujetos, por ejemplo, ¿qué pasa con la sexualidad en el fin de siglo?, este es un tema caro a los psicoanalistas. Para empezar tenemos un dato estadístico: la frecuencia de las relaciones sexuales disminuyó a la mitad, en relación a la década del ’60. Este dato sorprende porque uno ve sexualidad por todos lados, pero estadísticamente, (esto es un dato de la Argentina pero se corrobora con la información de otros países, por ejemplo en EEUU pasa lo mismo), la frecuencia de las relaciones sexuales disminuyó a la mitad, esto es, la gente de los años sesenta se acostaba dos veces más que la de los años noventa.
Otro dato que también es estadístico, el año pasado en EEUU, se gastaron 8.000 millones de dólares en pornografía. Es mucha plata. Es un negocio enorme. Esto incluye videos, películas, revistas, espectáculos, shows, etc. todo lo que tenga que ver con la pornografía.
Estos datos son interesantes por que creo que reflejan algunas características de la sexualidad de fin de siglo. En primer lugar hay un proceso de “erotización electrónica”. ¿Qué quiere decir esto?, quiere decir que la TV, los videos, las “hot lines” (esas líneas telefónicas donde la gente habla con chicas que le dicen cosas eróticas), han crecido enormemente, quiere decir que la gente se erotiza por medios artificiales, que la tecnología se utiliza como soporte para hacer circular un erotismo ficcional, virtual, imaginario, pero...en la práctica se acuesta menos.
Otra característica de la sexualidad de fin de siglo es que se ha instaurado en buena parte de occidente una cultura de la desconfianza. La cultura de la desconfianza tiene que ver, y este es el aspecto más evidente, con el temor a las enfermedades como el HIV, pero no solo con eso. También es una cultura de la desconfianza hacia el otro, es decir, no solo es el temor, el miedo a enfermar gravemente como de hecho puede suceder, sino que también la cultura de la desconfianza involucra esta fragilidad de los vínculos que ya mencionamos, esta dificultad para conectarse realmente con el otro, para sentir con el otro.
El otro aspecto de la sexualidad de nuestro tiempo es que en un buen número de casos el otro, el otro real de carne y hueso, es suplantado por un accesorio, por una prótesis, digamos. La venta de prótesis sexuales tanto para varones como para mujeres es un negocio próspero en occidente. Bueno, estamos hablando de un negocio de 8.000 millones de dólares solo en EEUU, las prótesis no contagian, no protestan, están siempre disponibles, no piden nada, no exigen nada, ¡son bárbaras!, no hay que complicarse la vida.
El otro dato que me parece típico, es el exhibicionismo histérico. Hay un trabajo permanente sobre el cuerpo para embellecerlo, un cuidado obsesivo, una mostración del cuerpo, una exhibición permanente del cuerpo, pero... “¡no me toques!”. Mirame pero no me toques. Esto es cada vez más notorio, tanto en mujeres como en hombres. Hay una especie de histerización de la sexualidad, donde se despliega mucho juego de seducción, muchos preliminares, pero pocos partidos jugados. Pocos goles. La evolución de la moda va en esa dirección de la mostración del cuerpo, pero es una exhibición histérica, lejana, distante. Hay una especie de erotización permanente que no se convierte en encuentros reales. En encuentros reales con todo lo que tienen de humano, con todo lo que tienen de riesgo, con todo lo que tienen de posible desencuentro y sufrimiento. Nadie quiere sufrir, ni complicarse la vida. Esta es una postura muy fin de siglo.
Naturalmente todo esto se traduce en un aumento de la soledad, tengo sobre esto una cita que a mi me parece muy interesante, una del mismo Galende que mencionamos antes, que es alguien muy inteligente y con una gran experiencia como analista. En un reportaje le preguntan: ¿Ud. lee el amor de pareja como si fuera un síntoma social?, y escuchen la respuesta de Galende que por ahí en pocas palabras resume muchas de las cosas de las que venimos hablando. Galende dice: “Absolutamente. Por eso puedo ver que hay un cambio en las formas del amor y en las relaciones de pareja. Y en ese cambio hay una marca distintiva: el aumento de la soledad. [...] las parejas son más inestables y las relaciones duraderas son más improbables. Yo creo que, articulando esto con los ideales tan fuertes de autonomía e individualidad, lo que ha ocurrido es una disgregación del lazo amoroso. Las personas están ahora menos dispuestas a resignar las cuestiones personales por los compromisos de pareja. El amor pide renunciamiento, postergar cosas personales en función de un compromiso que se toma con el otro. Pero el discurso de la economía prendió: la libre competencia obliga a cada uno a asumir sus propios riesgos en la vida, sin compartirlos con los otros ni hacerse cargo de los de los otros [...] los valores del mercado y de la economía en general han inundado la subjetividad. Hoy no es posible pensar a las personas sin el valor de la competencia. La competencia funciona casi como un mecanismo de terror que está en la base de todo pensamiento humano. Mujeres y hombres tienen que, en función de esa competencia, mantener su cuerpo en forma porque en cuanto el cuerpo envejece o engorda se desvaloriza frente a los modelos dominantes. Todo vínculo social está contaminado por la idea de competitividad: el otro es potencialmente un rival. Y esto ha influido también en las relaciones que tradicionalmente estaban preservadas de la vida pública, como son las relaciones familiares y de pareja”. Creo que esta es una buena síntesis de muchas de las cosas que hemos estado diciendo. Por eso les decía que hay una cultura de la desconfianza, pero no solo la desconfianza porque el otro puede contagiarme una enfermedad, sino porque, como dice Galende, el otro es fundamentalmente un rival con el que hay que competir.
El mismo Guillebaud, hablando de este tema, dice: “La emancipación del placer, el libre goce de los cuerpos son conquistas que merecen ser defendidas contra el asalto de los santurrones. Desde luego. Pero la mentira del discurso moderno, por no decir su impostura, consiste en hacer creer que un universo permisivo sería naturalmente armonioso, feliz, liberado, mientras que el que perpetuara algunas prohibiciones no engendraría más que padecimientos” (esta es la mentira, la que dice que, si no hay reglas el sujeto va a ser feliz y si surge alguna regla, entonces esto ya es represión, esta es la impostura, esta es la mentira), y continúa: “En realidad también la permisividad, es portadora de injusticias, desigualdades y dolores”. Más adelante agrega: “El obstáculo más cruel para el placer ya no es –y desde hace mucho tiempo- la prohibición moral o religiosa. (como fue durante siglos, la prohibición moral y religiosa, los prejuicios, eran el obstáculo para el placer, Guillebaud dice, esto ya no es así, nadie o muy pocos se privan hoy de tener una relación sexual por prejuicios morales o religiosos, muy pocos, dice: no es un obstáculo). “Es una realidad más ambigua a la que se mira menos fácilmente de frente: el no deseo del otro, la miseria del fracaso, la violencia simbólica del puro libertinaje, la competencia sexual, donde la derrota es más dolorosa y la soledad, más inconsolable”.
Este es el problema de la sexualidad hoy: el no deseo del otro, la competencia con el otro. Este es un tema que ya fue planteado en la década del ’60 por Rollo May, un psicólogo norteamericano, en un texto que se llama “El amor y la voluntad”, ya planteaba la diferencia entre lo que llamaba el “hombre victoriano” y el “hombre moderno”, y decía: el hombre victoriano era apasionado pero no tenía sexo, las relaciones sexuales eran pocas, pero era un hombre apasionado, que sentía y expresaba su pasión, el hombre moderno tiene sexo –decía Rollo May-, pero perdió la pasión. Es un sexo “light”, que se toma y se deja, pasa, va y viene, es un sexo que hace más hincapié en la técnica que en el amor, sin compromiso, sin continuidad, una sexualidad superficial. Esto él ya lo veía y lo anticipaba en los años ’60.
Dejando un poco de lado la cuestión de la sexualidad, quiero mencionar un par de cosas con respecto al tema de las adicciones, porque me parece que este es otro de los grandes temas del fin de siglo. Vivimos en culturas que son adictivas. La soledad y el malestar de la gente conduce inevitablemente a la adicción, y quiero aclarar que cuando hablo de adicciones no me refiero solamente al que consume cocaína, marihuana, LSD, o cualquier otra droga prohibida, me refiero a las adicciones a drogas permitidas por ejemplo el alcohol y fundamentalmente los psicofármacos.
Hay una tendencia a pensar que adicto es solo el que consume drogas prohibidas, cuando en realidad el mayor porcentaje de adicciones y las peores consecuencias por el consumo de drogas están vinculadas a las drogas permitidas.
Veamos algunas estadísticas: entre 1988 y 1996, es decir en los últimos siete años, el consumo de psicofármacos aumentó en Argentina un 200%. En el mismo período los laboratorios incrementaron sus ganancias en este rubro en un 172%. Son datos inobjetables proporcionados por la Cámara Argentina de Especialidades Medicinales. En 1996 se vendieron en el país más de 34 millones de unidades de psicofármacos, esto es, el equivalente a 320 millones de dólares.
¿Hay que extrañarse entonces que una industria que gana miles de millones de dólares anualmente en el mundo entero, impulse alegremente el consumo de tales sustancias?.
¿Tendría que sorprendernos que los laboratorios, que han llegado a intervenir en la política interna de muchos países contribuyendo a derrocar presidentes que trataron de oponerse a sus intereses, como ocurrió concretamente con el presidente Illía cuando sancionó la ley Oñativia, hayan montado un formidable aparato científico-publicitario para convencernos que la solución mágica de nuestros problemas y padecimientos está en una píldora?.
Es natural que en defensa de estos intereses, se minimice la importancia y el valor de la psicoterapia a favor de las pseudo soluciones que proporcionan las drogas. En los años noventa un medicamento, el Prozac (fluoxetina), se convirtió en el antidepresivo más famoso de los EEUU. Fue tapa de Time y Newsweek que lo bautizaron como “la droga de la felicidad” transformándolo en el estandarte de la droga psicoactiva euforizante de la década. El laboratorio que lo produce lo presentó al gran público con el slogan “Mejorando vidas, devolviendo esperanzas”, como si se tratase de una especie de milagro científico. Poco y nada se dice de sus contraindicaciones y efectos adversos, tampoco nadie sabe que pasa con el delicado equilibrio químico de un cerebro que lo consume sistemáticamente durante muchos años. Más allá de los casos donde su prescripción está justificada, cientos de personas –se puso de moda entre los yuppies de Nueva York- lo consumen alegremente “para estar mejor”.
Dicen Fitoussi y Rosanvallon: “El lugar que ocupa la droga en nuestras sociedades corresponde a un verdadero fenómeno de civilización. La droga, en efecto, promete la reconstitución del yo, de manera temporaria y ficticia, es cierto, pero en todo caso durante un tiempo, aligerándolo del peso de las restricciones. Los tranquilizantes permiten resolver la gran contradicción moderna: ser uno mismo y estar a la vez liberado de sí mismo”, y agregan más adelante “Hoy ya no se consumen drogas para evadirse sino para ser más fuerte, para sentirse a gusto consigo mismo. La droga afecta a todos aquellos que carecen de esos materiales culturales y simbólicos que permiten crear una identidad, alimentar una interioridad. Como la sociedad no ofrece a la interiorización nada valioso que no sea uno mismo, son los psicotrópicos los que van a permitir el “autoconsumo de sí”.
Fijensé que esta opinión de dos intelectuales franceses es absolutamente coincidente con la de Galende que en la otra punta del planeta afirma: “...las drogas existieron siempre, pero por mucho tiempo se vincularon con el interés por aislarse de la realidad, de evadirse. Sin embargo, hoy el consumo de drogas –hablo de los psicofármacos sobre todo que se consumen de manera cada vez más alarmante- está destinado exactamente a lo opuesto: a integrarse a la sociedad. La gente consume ansiolíticos y antidepresivos para sostenerse en la vida social. Depende de esas pastillas para seguir afrontando una realidad que parece resultarle cada vez más oscura y exigente.”
¿Hace falta agregar algo más?. Creo que no.
El último tema que me interesa mencionar rápidamente, vinculado con el malestar del fin de siglo es el de la violencia. También en este aspecto las estadísticas son por demás elocuentes, el crecimiento de la violencia en todas sus manifestaciones es un fenómeno planetario.
Quiero focalizar el problema en dos niveles: la violencia juvenil y la violencia familiar. Con relación al primero hay que decir que el 40 % de todos los delitos perpetrados en la Prov. de Buenos Aires son cometidos por menores. El 48 % de los menores delincuentes son reincidentes, el 90 % utiliza armas de gran calibre, y tiene algún grado de compromiso con las drogas y el alcohol, el 92 % fueron maltratados o abusados en sus propios hogares. En 1995, sujetos menores de 18 años cometieron 150 asesinatos en la Capital, en 1996 el número trepó a 240. En EEUU, los menores de 18 años cometen el 14 % de todos los asesinatos, el 15 % de todas las violaciones, el 24 % de todos los asaltos y el 43 % de todos los robos de autos.
Es evidente que la desarticulación de la familia influye directamente en este problema, Antoine Garapon dice: “Para numerosos jóvenes delincuentes que abandonaron muy pronto la escuela y viven en familias sin padres, sin ninguna perspectiva de empleo, la delincuencia les ofrece una oportunidad de probarse, de hacerse viriles, en suma , de socializarse aunque sea de manera negativa”. La crisis del trabajo y la falta de oportunidades para conseguir un empleo digno, empuja a los jóvenes hacia la delincuencia tal como lo demuestran las investigaciones del sociólogo norteamericano James Petras.
Petras investigó al relación entre desindustrialización y aumento de la delincuencia en cinco ciudades de los EEUU: Detroit, Boston, Nueva York, Chicago y Newark. En sus comentarios afirma: “Trabajamos con un plantel de estudiantes en cinco ciudades, investigando los lazos entre la creciente desindustrialización y el aumento de la delincuencia en el período que va de 1950 a 1988. Hay una relación perfectamente notable. En todos los casos, cuando caen la industrialización y el empleo industrial, aumentan la delincuencia y el crimen. Hemos buscado la relación causal entre una y otra, e hicimos un pequeño estudio: el proceso de un padre de familia que pierde el trabajo. Se cierra la industria, el padre es indemnizado y, a partir de allí, los lazos con su hijo empiezan a quebrarse. ¿Por qué? Porque el hijo no puede seguir al padre en su misma fábrica, no tiene una integración social a través de los sindicatos. Por otro lado, la autoridad del padre desocupado sobre la familia va siendo minada. El hijo camina suelto en trabajos mal pagos en el sector servicios, carece de seguridad laboral y de integración. El costo de oportunidad entre una “changa” mal pagada y lo que puede obtener con la droga o con los robos empieza a pesar. Quebrada la autoridad familiar y sus posibilidades de integración, todo pasa a ser una cuestión de conveniencia. Eso fue en Detroit, donde la crisis aumentó el desempleo industrial y, automáticamente se elevaron los robos y los asesinatos. Pero sucedió igual en las otras grandes ciudades.[...] Pero la explicación no está simplemente en la pobreza. Es sobre todo la pérdida de integración. La industria nuclea a la gente en la fábrica, permite la organización social y asegura la estabilidad de la familia. Cuando el hombre es marginado por un desempleo prolongado, su autoridad de padre suele quedar lesionada, y en más de una ocasión termina abandonando la familia y dejándola en un cuadro de desamparo y quebranto.”
Otra investigación del mismo Petras efectuada en Barcelona (“Padres e hijos, dos generaciones de la clase trabajadora bajo el impacto del neoliberalismo”), corrobora absolutamente los resultados anteriores.
En relación directa con este tema aparece el concepto de “postadolescencia”, esto es, el hecho de que, así como hace algunos años la problemática del adolescente estaba centrada en los cambios y desajustes propios de esa etapa del desarrollo, en este momento el mayor problema de los jóvenes ya no es pasar la adolescencia sino ingresar al mundo adulto. En tanto es el acceso al trabajo lo que más claramente marca este pasaje, si los chicos no consiguen trabajo, continúan siendo adolescentes aunque tengan 30 años. Siguen viviendo con la familia que los mantiene y dependiendo para su subsistencia del apoyo familiar, esto también genera situaciones de tensión, choques y enfrentamientos entre los miembros de la familia.
Precisamente, el incremento de la violencia familiar es otro dato de la realidad que tiene evidencia estadística: la comuna porteña recibe más de 40 llamadas diarias que denuncian hechos de violencia familiar. Más de la mitad tienen que ver con maltrato físico a menores y un 25 % con maltrato emocional. Las víctimas como siempre, son los más débiles e indefensos, en el 55 % de los casos la violencia se ejerce sobre niños de 0 a 12 años. Entre los victimarios se viene produciendo un aumento significativo de profesionales con título universitario, para dejar claro que la violencia no es solo una cuestión de educación o de pobreza. El aumento de la violencia familiar está claramente vinculado a la implosión del modelo familiar, a la falta de trabajo, y a todos los fenómenos que venimos explicando.
Como verán, el tema de la salud mental en este fin de siglo tiene una enorme complejidad. Espero que al menos haya quedado claro que no puede pensarse esta cuestión al margen del contexto social, económico, político y cultural que se da en la mayor parte del planeta. Que el hecho de perder la salud mental no es solo la consecuencia de un fatalismo biológico o la resultante de una historia personal desafortunada, sino el resultado de las experiencias concretas que nos tocan vivir aquí y ahora dentro de los sistemas en los que estamos integrados. Que no existen soluciones mágicas para estos problemas y que nada puede cambiar si no dejamos de lado nuestro propio individualismo y mezquindad y empezamos a reconstruir los lazos afectivos y solidarios que nos unen con los otros.
Para terminar quiero leerles un poema. Tiene más de 70 años y fue escrito por el que –en mi modesta opinión- ha sido el más grande poeta de América Latina. Era peruano y se llamaba César Vallejo. Tengo la impresión que, con esa chispa de genialidad que a menudo tienen los poetas, Vallejo intuyó hace muchos años, la crisis de fin de siglo:


LOS NUEVE MONSTRUOS

Y, desgraciadamente.
el dolor crece en el mundo a cada rato,
crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,
y la naturaleza del dolor es el dolor dos veces,
y la condición del martirio, carnívora, voraz,
es el dolor dos veces,
y el bien de ser, dolernos doblemente.

Jamás, hombres humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tan cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
Jamás, Señor Ministro de Salud, fue la salud más mortal
y la migraña extrajo tanta frente de la frente!
Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,
el corazón, en su cajón, dolor,
la lagartija, en su cajón, dolor

Crece la desdicha, hermanos hombres,
mas pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece
con la res de Rousseau, con nuestras barbas;
crece el mal por razones que ignoramos
y es una inundación con propios líquidos,
con propio barro y propia nube sólida!
Invierte el sufrimiento posiciones,
da función en que el humor acuoso es vertical al pavimento,
el ojo es visto y esta oreja oída,
y esta oreja da nueve campanadas a la hora del rayo,
y nueve carcajadas a la hora del trigo,
y nueve sones hembras a la hora del llanto,
y nueve cánticos a la hora del hambre,
y nueve truenos y nueve látigos,
menos un grito.


El dolor nos agarra, hermanos hombres,
por detrás,
de perfil,
y nos aloca en los cinemas,
nos clava en los gramófonos,
nos desclava en los lechos,
cae perpendicularmente a nuestros boletos,
a nuestras cartas;
y es muy grave sufrir,
puede uno orar…
Pues de resulta del dolor,
hay algunos que nacen, otros crecen,
otros mueren, otros que sin haber nacido, mueren,
y otros que no nacen ni mueren (son los mas).
¡Y también de resultas del sufrimiento,
estoy triste hasta la cabeza,
y más triste hasta el tobillo,
de ver al pan, crucificado, al nabo, ensangrentado,
llorando, a la cebolla,
al cereal, en general, harina,
a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,
al vino, un ecce homo,
tan pálida a la nieve, al sol tan ardío!
¡Cómo, hermanos humanos,
no deciros que ya no puedo
y ya no puedo con tanto cajón,
tanto minuto, tanta lagartija y tanta inversión,
tanto lejos y tanta sed de sed!
Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?
¡Ah!, desgraciadamente, hombres humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer.



Muchas gracias.

ENFERMEDAD MENTAL Y SUJETO BIOPSICOSOCIAL EN EL DISCURSO PSICOLÓGICO

Por Juan Rodolfo Gómez: Psicólogo Fundación Aedificare

PARA EMPEZAR

El escribir argumentativamente, sobre los conceptos, valiéndose para ello de Lacan, va en contrasentido con lo que su enseñanza promueve. Esta enseñanza no se trata precisamente de la transmisión de los conceptos, sino de la misma lógica de cómo estos se construyen, es decir la lógica del psicoanálisis. Entendido el inconsciente como “lenguaje estructurado” o la lógica misma del significante.

Sin embargo el anhelo de exponer en parte, un sentido de lo que producen en el discurso psicológico, los vocablos como enfermedad mental y sujeto biopsicosocial, no permite otro camino que el riesgo de ser menos riguroso de lo que se pretende.

SOBRE DISCURSO (LACAN, FOUCAULT)

El término de discurso es utilizado en muchas prácticas, sin embargo conciernen al objetivo de estas conclusiones al menos dos aproximaciones. El concepto de discurso en Foucault y Lacan; no es por supuesto una meta ir más allá de ciertas aproximaciones muy generales.

Tanto en Lacan como en Foucault el discurso pre-existe al sujeto, o mejor el discurso es autónomo con respecto al sujeto. Mas acertadamente el discurso forma al sujeto, quiere decir que el sujeto se “estructura” gracias al discurso, entendido este ultimo en Lacan más o menos como todo el legado del lenguaje, que los primeros cuidadores de un individuo depositan en el; refiriéndose al lenguaje como una dimensión que trasciende el simple proceso de comunicación y se relaciona con el ideal, los hábitos, las experiencias, las emociones, sentimientos etc.
Para Lacan será en base a la teoría sobre el “significante” donde expone dicha autonomía del discurso, mientras que para Foucault, se explica en su postulado aproximadamente como: El conjunto de todos los enunciados en tanto que dependen de un mismo régimen de formación. Ej. Discurso medico, discurso psicológico, discurso psiquiátrico etc.

LA ENFERMEDAD MENTAL EN EL DISCURSO MEDICO

Si se acepta al enunciado, como una magnitud provista de sentido, que depende del discurso donde se haya originado, la nominación de enfermedad pertenece al discurso medico. Así: la medicina define la enfermedad mental, como una alteración en el organismo por su imposibilidad de adaptarse al medio. Su incapacidad de funcionar como organismo, es delatada por una lesión, que sirve de signo para saber que existe la enfermedad. Se puede localizar en un órgano, y por tanto su seguimiento se centra, en una “clínica de la mirada”



¿LA PSICOLOGÌA TIENE UN DISCURSO PROPIO?

La psicología en su inicio, no es para nadie un secreto, se encarga o tiene por objetivo estudiar la conducta, Luego y para entrar en el estatuto de ciencia, se acordará en este discurso, que puede dar cuenta del estudio de lo que puede ser observado, o sea el comportamiento.
Pero si se reflexiona en la cantidad de términos, e ideas que adopta de otros discursos o practicas discursivas según Foucault, se sospecha de que nunca ha creído en sus primeros postulados, y que no cuenta con bases, como para formar un discurso y aun mas una práctica aceptada universalmente.

Algunos ejemplos de las ideas anteriores se ven reflejados también y tan bien en otros términos que la psicología suele utilizar:
Paciente, clínica diagnostico etc., que son como se puede ver de la medicina, es decir del discurso biológico.

Por otro lado la nominación de mente remite a algo como:
Potencia intelectual del alma, lo que hace surgir a su vez preguntas, respecto a como enferma, como se localiza y como se cura dicha potencia, o su sinónimo la mente

Qué decir de otro artificio como el mencionado anteriormente, que es además esencial para evaluar la enfermedad mental en el discurso actual de la psicología. El sujeto biopsicosocial. Nombre que pretende dar cuenta, que el sujeto es resultado en forma equitativa de tres discursos. Si bien aquí no se intenta definir cuál de los tres discursos es mejor, si se pretende que haya una posición clara en cuanto a la concepción de ser humano.

Como ejemplo se puede ver que la medicina se define por el discurso biológico. El psicoanálisis lo hace por lo simbólico etc. Sin embargo cuando la psicología intenta mostrar un cimiento universal aceptable termina “reciclando conceptos” y paseando de uno a otro discurso sin lograrlo.

NO ES JUEGO DE PALABRAS, ES LA PALABRA EN JUEGO

Se ha mencionado ya, que el problema surge al usar los enunciados indiscriminadamente. Resulta que cuando se recurre a Lacan, en lo relacionado con el significante, existe algo parecido a la tesis Foucaultiana.

Una palabra puede o no ser un significante, esto depende en parte del sentido que cada individuo le confiera, pero remite además a la historia en la formación de su discurso, a la estructuración de su deseo a sus “relaciones de parentesco”.

Recuérdese que en la medicina, los orígenes de la palabra enfermedad, apuntan a una insuficiencia, algo perjudicial, algo “malo” sin embargo al ser localizada en el organismo, tiene una aceptación universal. EJ. La apendicitis es un concepto de enfermedad tomado como verdadero en cualquier parte del mundo. No ocurre lo mismo con la enfermedad mental, termino por demás muy ambiguo.

Que se diagnostique a alguien de enfermo mental no es cuestión de términos, es una etiqueta que discrimina. Es más serio el dilema, cuando en estos diagnósticos no existe consenso universal, sino que involucran toda la subjetividad del examinador.

Lo anterior no quiere decir que no exista un sufrimiento, causado por cierta imposibilidad de “adaptarse” a la sociedad o a la familia, pero su denominación como enfermedad hace sospechar, lo mismo que otros enunciados de su funcionamiento enunciativo.

PALABRAS CLAVES: Sujeto, enunciado, discurso, estructura, significante, clínica.
REFERENCIAS
BRUNSTEIN y Otros. (1975)Psicología ideología y ciencia. Cap 16 El encargo social y las premisas operantes en la psicología clínica: SigloXXI. México 385-388.
GARCIA A. Hernán. Foucault, Deleuze, Lacan. Una política del discurso. Buenos Aires.2005. Cap I P 13-23.
SAN MIGUEL. Eduardo. Revista Colombiana de psicología.(foro) Síntoma en el discurso Actual o De la ceguera de la psicología.
LEADERY. Darian. Lacan para principiantes.1 EDICION. BUENOS AIRES. Ed. Cuadrata.2006.
ALBANO Sergio. Glosario Lacaniano1 edición. Ed. Cuadrata.2006.